Estamos viviendo una ofensiva global contra la dignidad humana. No usamos estas palabras a la ligera, es una convergencia real entre gobiernos, grandes empresas, grupos de interés y movimientos políticos que comparten diagnóstico, lenguaje y estrategia. Su tesis es que ciertas culturas son superiores a otras, que la inclusión es debilidad, que la eficiencia justifica la exclusión, y que la tecnología debe administrar lo que los humanos ya no pueden.
Esta ofensiva avanza rápido. Tiene recursos, infraestructura ideológica y una claridad estratégica que no pretende disimular. Lo que hace una década se debatía en círculos cerrados hoy se anuncia en voz alta, se vota, se ejecuta. Y, sin embargo, nunca hubo tanta opacidad. El paisaje se mueve con velocidad, cada día, cada semana la noticia es nueva y el punto de partida ya es otro.
Mientras eso ocurre, vamos normalizando lo que deberíamos resistir. Las guerras se vuelven paisaje. Los ataques se vuelven noticias de hace unas horas. La pobreza, el hambre, la educación que se desmantela, la salud que se vuelve privilegio, el cuidado ambiental que se considera obstáculo para el presunto desarrollo, todo eso deja de ser urgencia y se convierte en telón de fondo. Y reaccionamos, cuando reaccionamos, principalmente cuando nos afecta directamente a nosotros. Cuando nos toca el bolsillo, el trabajo, la seguridad propia. Lo que le pasa al otro se mira con distancia, o directamente no se mira.
Frente a este panorama, quienes defendemos los derechos, la dignidad y el bien común seguimos fragmentados. Priorizamos etiquetas antes que personas, internas antes que problemas, pureza ideológica antes que construcción real. Mientras la ofensiva actúa en bloque, nosotros reaccionamos en islas. Discutimos matices entre proyectos aliados mientras pierden derechos concretos quienes no tienen tiempo para esperar que nos pongamos de acuerdo.
